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¿Qué es lo que hacemos? Nos enamoramos de una mujer e inmediatamente vamos al juez, a la oficina del registro o a la iglesia a casarnos. No estoy diciendo que no te cases. Es una for­malidad. Está bien, satisface a la sociedad. Pero, en el fondo de tu mente, nunca poseas a una mujer. Jamás, ni por un momen­to, digas «me perteneces»; porque, ¿cómo te puede pertenecer una persona? Y cuando empiezas a poseer a una mujer, ésta te empieza a poseer a ti. Entonces, los dos dejáis de estar enamo­rados. Sólo os estáis aplastando y matando mutuamente, parali­zando mutuamente.

Ama, pero no degrades tu amor a través del matrimonio.  Tra­baja -hay que trabajar-, pero no dejes que tu trabajo se convier­ta en tu única vida. El juego debería ser tu vida, el centro de tu vida. El trabajo debería ser un medio para el juego. Trabaja en la oficina, traba­ja en la fábrica y trabaja en la tienda, pero sólo para tener tiem­po, oportunidad de jugar. No dejes que tu vida se reduzca a una rutina de trabajo, porque la meta de la vida es jugar.

Jugar quiere decir hacer algo por el puro placer de hacerlo. Vienes a mí incluso para meditar, y te tomas la meditación como un trabajo. Piensas que hay que hacer algo para alcanzar a Dios. Es una tontería. De esa forma no se puede meditar. Tie­nes que jugar, tienes que tomártelo como algo divertido. No tienes que tomártelo en serio. Tienes que disfrutarlo. Cuando lo disfrutas, progresa. Cuando empiezas a tomártelo como un tra­bajo, una obligación que hay que cumplir -porque lo tienes que hacer, has de alcanzar moksha, nirvana *,(Término budista que denota el estado de iluminación en el cual todos los deseos se han extinguido) liberación-, entonces has vuelto a traer tus tontas categorías al mundo del juego.

La meditación es un juego, un léela *(Literalmente, «deporte», «juego»; para los hinduistas, el propósito divi­no detrás de la creación del universo manifiesto). La disfrutas en sí misma. Si disfrutas muchas más cosas por sí mismas estarás más vivo. Por supuesto, siempre habrá riesgo en tu vida, peligro. Pero la vida tiene que ser así. El riesgo forma parte de ello. De hecho, la mejor parte de la vida es el riesgo, es la mejor parte. La parte más hermosa es el riesgo. Cada momento es un riesgo. Quizá no seas consciente de ello. Inspiras, expiras. Hay un ries­go. Incluso al expirar, ¿quién sabe si la respiración regresará o no? No es
seguro, no hay garantía, fuente.

Pero hay algunas personas cuya religión es la seguridad. In­cluso cuando hablan de Dios, hablan de él como la seguridad su­prema. Si piensan en Dios, sólo lo hacen porque están asustados. Si van a rezar y a meditar, sólo lo hacen para aparecer en el libro de los buenos; en el libro de los buenos de Dios. «Si hay un Dios, sabrá que yo iba a la Negocios rentables en colombia regularmente, era un devoto muy regular. Puedo alegarlo.» Su oración también es un medio.

Vivir peligrosamente significa vivir la vida como si cada mo­mento fuera un fin en sí mismo. Cada momento tiene su propio valor intrínseco. Y no tienes miedo. Sabes que la muerte está ahí y aceptas el hecho, y no te estás escondiendo de la muerte. En realidad, vas a su encuentro. Disfrutas esos momentos de en­cuentro con la muerte, físicamente, psicológicamente, espiri­tualmente.
Vivir peligrosamente significa disfrutar de esos momentos en los que entras en contacto directo con la muerte, en donde la muerte se convierte casi en una realidad.