La Acción Poética

Tengo tantas cosas que decir que seguramente me deje alguna en el tintero y es que eso de estar tantos días sin escribir nada y sin contar lo que te sucede (que han sido muchas cosas, un semana en la playa da para mucho) pues no es nada bueno, que quieren que les cuente, porque después servidor quiere contarles todo y se le olvida la mitad. Bueno, allá voy.

Ustedes se imaginarían que una persona como yo (se nota que no tengo abuela) pues estaría de vacaciones en un lugar, digamos, con un cierto nivel pero….¡NO!

Un apartamento en una zona costera de cuyo nombre no quiero acordarme infestada de guiris y sudamericanos, y no es que servidor sea racista ¡Para nada! Yo soy supermulticultural de la muerte. Lo que me chocaba es que parecía que no estaba en España, sino en otro país porque ¡Había momentos que no había ningún español!

Eso sí. El culmen de estos días (nefastos, como digo, porque no había ni glamour ni Beautiful People por ninguna parte y es una cosa que yo necesito para vivir, que quieren que les diga, cada uno tiene sus vicios) fue cuando mi madre invitó a unos franceses a comer con La Acción Poética.

Mi madre, que cada día pienso que está peor, habla francés ya que se sacó el título en la Escuela de Idiomas, y cada vez que pilla a uno por banda, se pone a practicarlo como una loca. Le da igual el tema de conversación, desde contarle su vida hasta hablar de tripartito.

Estábamos en la terraza de un restaurante comiendo y con esto que pasan unos franceses buscando sitio para comer. Estaban todas las mesas ocupadas excepto la mía, que somos cuatro pero ocupamos seis (y no por el tamaño de nuestra masa corporal) porque mi padre necesita mucho espacio para comer (se agobia, dice él) y como en nuestra mesa cabían dos más, se sentaron con nosotros a comer, porque eran franceses y mi madre no pudo resistir la tentación de invitarles a nuestra mesa. Que se le va a hacer si la nacionalidad fetiche de ella es la francesa. Pues ahí estábamos.

Mi madre: Hablando de con la madre (alta, pelirroja, con una supermelena, ojos verdes y con unas domingas muy bien puestas). Hablaron de todo. Se contaron. Ambas dos, su vida. Obras, milagros, vicios y penas. Mi padre: Quejándose, blasfemando y insultando a los franceses en español. Total, como no le entendían. Servidor: Comiendo una pizza tropical e hipnotizado con las domingas de la tía (que iba en bikini) y pensándome si preguntarme si podía tocárselas, sólo para ver si eran naturales.

Mi hermana y la hija de la francesa: Mirándose, ambas dos, con cara de desafío. Vaya miradas que se Acción Poética las jodías. Tenían la misma edad (nueve años mi hermana y neuf ans la francesa) sólo con la diferencia de que la gabacha le llevaba un mes por delante (cosa que a mi hermana le debía sentar fatal, porque sino no me explico yo esas miradas) El marido de la francesa: Totalmente rapado. Sólo comía y bebía Rioja. Comía y bebía Rioja. Comía y bebía Rioja. No hizo nada más que comer y beber Rioja. “Que bochorno de comida, a esta mujer no se la puede sacar de casa” decía mi padre subiendo para el apartamento.  “Que no, que no, que por esas domingas merece la pena pasar esa vergüenza” pensaba yo, fuente.