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No sé en qué momento del viaje habían empezado los pensamientos decadentes y suicidas pero lo que estaba claro era que en ese momento estaba inmersa por completo en ellos.

Dice que no entiende nada, que el día anterior estaba radiante, y me pide siete adjetivos. Se los mando con la condición de que los olvide hasta que vuelva y no se preocupe por mi.

Me conoce lo suficiente como para saber que hoy estoy radiante y mañana hundida, que ahora me estoy riendo y con el eco de la última carcajada puedo empezar a llorar.

Elijo ansiosa porque me sentía exactamente igual que cuando empecé a ir al psicólogo y me diagnosticó “trastorno de ansiedad generalizada”. De aquello hace muchos años y aunque ya casi no vaya a consulta, me acuerdo de los síntomas y de las sensaciones. Nerviosa, falta de sosiego…

Expectante porque me sentía a la espera. ¿enlace qué? no lo sé, de algo que cambiase el rumbo de las cosas, de una llamada o un suceso que alterase el curso normal de mi existencia. Un trabajo nuevo.

Desilusionada porque a pesar de todas las entrevistas que llevo hechas en el último mes ninguna ha sido fructífera. Desilusionada porque ya puedo aparcar pero lo de reducir las marchas no lo controlo cien por cien y el coche hacía ruidos raros. Desilusionada porque las vacaciones no empezaban como yo había previsto. Desilusionada porque no tenía ilusión.