Camisetas de futbol

Una tarde en la piscina le dejé un ejemplar, primera edición, de La Tienda, y cuando lo terminó empezó a recitar cada día “A ver si mañana te devuelvo el libro”, pero detrás de los días empezaron a correr los meses y con éstos los años y han pasado más de diez y hace ya muchos que me resigné a dar la novela por perdida.

Le dejé Los Hermanos Karamazov porque me dijo que tenía curiosidad por leer algo de ese autor. Me escribió que había empezado a leerlo pero que como no lograba tener regularidad perdía continuamente el hilo y se hacía un lío con los nombres rusos de los personajes. A día de hoy creo que perdió el libro en su última mudanza.

Le dejé el Crimen y Castigo que me había regalado mi madre, y aunque me consta que lo leyó y lo entendió y lo disfrutó, una noche que fui a su casa encontré el libro sobre la mesa y mientras Camisetas de futbol a que se vistiera lo cogí para abrir una página al azar y encontré casi todas subrayadas o con anotaciones en los márgenes.

Le dejé Nuestra Señora de París y tengo entendido que empezó a leerlo, Fuente solía decir que siempre acertaba con mis recomendaciones sobre lecturas. Sin embargo como nuestra relación saltó por los aires muy poco después y ni con cemento ni con superglue podríamos recomponer ni uno solo de los añicos, también perdí ese libro.

Le dejé Cien años de Soledad y mientras se emocionaba con la historia circular de los Buendía, subía y bajaba a la piscina y a la playa con él, al metro, al bus, a la terracita y a la cafetería. Cuando vino anoche a casa a devolvérmelo encontré que en vez de forrar las tapas para protegerlas, me las devuelve ajadas y deterioradas como si el libro fuera viejo.

Cinco personas que no se conocen entre sí me han ayudado con su negligencia unánime a decidir algo ¿adivináis el qué? no volver a prestar nunca, nunca, NUNCA, otro puñetero libro.